En el corazón del Tipnis

El Tipnis es un bosque de un millón de hectáreas, en el centro de Bolivia, donde viven pequeñas comunidades indígenas. Sus protestas por una carretera que atravesará el lugar son hoy uno de los principales dolores de cabeza de Evo Morales. Nos metimos en esa selva, a ver cómo es la vida allí.




Alfonso Soto es el indio yuracaré más viejo del poblado Puerto Rico, en Bolivia, y está dispuesto a morir. Tiene 70 años y no piensa morirse de viejo, sino, quizás, marchando a La Paz, a esa ciudad que no conoce, porque siempre escuchó decir a sus abuelos que queda allá, lejos de las tierras bajas y en las alturas de los Andes, donde ahora tiene que trepar a paso de liebre para evitar que el asfalto parta en dos su casa y sus pájaros cantores y sus cocodrilos.

Alfonso ahora está muy lejos de su casa amazónica. Está en Marimono, es domingo y ya lleva 45 días caminando a La Paz. Aún no ha muerto, pero está herido. El 25 de septiembre, la policía, en su afán por desbaratar la marcha indígena, lo ha agarrado a patadas, le han atado las manos y los pies, le han tapado la boca con una cinta adhesiva y lo han subido a una camioneta. Como él, 73 indígenas, entre adultos, ancianos y niños, tienen lesiones. Pero están con el alma envalentonada, porque cuando iban a ser puestos en un avión con rumbo desconocido, los vecinos de Rurrenabaque ejecutaron una liberación épica: se lanzaron contra los policías a sabiendas que iban a ser golpeados y a atorarse con gases lacrimógenos. La estrategia dio resultado: mientras ellos ponían el pecho, los indígenas detenidos rompían la alambrada del aeropuerto y volvían a emprender la marcha a La Paz (hasta el cierre de esta edición, estaban a menos de 100 kilómetros de la capital boliviana). Lo único que buscan es impedir que el tramo II de la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos parta en dos el corazón del Tipnis, que se encuentra en el departamento amazónico de Beni y en el valle de Cochabamba. La obra costará US$  415 millones, es financiada por el gobierno de Brasil y también es brasileña la empresa que la construye.

Alfonso teme que, si eso ocurre, no sólo los humanos que habitan en la selva sean expulsados al mundo de las urbes, sino también que el chancho tropero, el mono nocturno, la hurina y el jaguar ya no tendrán casa. El gobierno de Evo Morales justifica la obra, que ya ha empezado en su tramo I, diciendo que el camino es desarrollo y que los que se oponen a él tienen sólo intereses políticos. Por ahora, en todo caso, y considerando el revuelo que ha causado la represión policial, el proyecto está suspendido.

DEL HORNO A LA HELADERA

Hoy es domingo y Alfonso duerme en Marimono con los pies hinchados, aún muy lejos de La Paz. También lejos de ese bosque donde vive y que mide un millón de hectáreas. Eso, que parece mucho, representa apenas el uno por ciento del territorio de Bolivia, y se lo conoce como Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (Tipnis). Pero en ese uno por ciento, Bolivia guarda más de 2.000 especies de animales y árboles que en otros países ya son cosa del pasado. Pero sobre todo, es la casa de un puñado de originarios de las etnias yuracaré, moxeño y trinitario, que no pasan de 6.000; o sea, no llegan al uno por ciento del total de la población nacional.

El Tipnis, pequeño como es, ahora es un gigante arropado por esos pocos habitantes que marchan a la sede de gobierno y por ciudadanos anónimos que les hacen llegar comida, agua, medicamentos y ropa de invierno, para que cuando estén caminando en las cumbres con bruma no revienten de frío. Ellos saben que van del horno a la heladera, de esa cálida amazonía a la cumbre que está colgada a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.

El frío es otro elemento nuevo en la vida de Alfonso. En Puerto Rico existe, pero como es tierra baja se lo sobrelleva con un par de calcetines. "El frío entra por los pies", me dijo Alfonso en julio pasado, con su sonrisa de luna y su diente de oro. Puerto Rico es un pueblo pequeño anclado en la zona norte del Tipnis y a metros del río Sécure, de aguas cristalinas y mansas como una sábana recién tendida. Ahí viven 12 familias de la etnia  amazónica yuracaré y Alfonso es el patriarca que en los años 50 del siglo XX empezó a hacer vida marital con María Soria, joven achinada y de dientes grandes con la que dieron vida a ocho hijos hombres de espaldas anchas y a cuatro mujeres con caderas firmes.

UN PAIS DESCONOCIDO

Puerto Rico está a cien kilómetros de San Ignacio de Moxos, el primer centro urbano donde la energía eléctrica y la escuela y el agua que sale por una canilla y los hospitales y las farmacias ya se han inventado. Pero para un yuracaré como Alfonso, o para cualquiera de sus hijos o de sus 23 nietos, llegar ahí es un trabajo extremo, porque sólo existe un caminito enredado por donde casi nunca circula un vehículo motorizado. Pero cuando alguno logra llegar, lo primero que hace es tomar su arco y su flecha con la que caza animales para comer y venderlos a precio de hambre como adornos hechos en tierra salvaje. Con ese dinero, Alfonso o cualquiera de los suyos va a la tiendita de la esquina de San Ignacio y compra un kilo de sal, porque la sal dentro del Tipnis es un producto valioso, porque allá no existe o, por lo menos, nadie lo ha descubierto.

Ese julio pasado, en Puerto Rico, en ese patio del tamaño de media cancha de fútbol, con sus casas de madera a los costados y sus árboles de mango y su cielo azul donde en las noches sobrevuelan los aviones que surcan rutas internacionales, Alfonso hizo gala de su pequeña tribu. Todos sus descendientes se habían casado con gente de una comunidad vecina, y cuando ambos pueblos quedaron atrapados bajo el agua después de un diluvio de tres días, tomaron la seria decisión de fundar un solo pueblo a cuatro kilómetros de ahí, a metros de la curva del río Isiboro, donde el agua es más cristalina y a los peces se los ve nadar desde una balsa. Eso, para una sociedad que no pesca con anzuelo, sino con arco y flecha, es un detalle que pesa a la hora de llevar a casa el pan de todos los días.

Pero Puerto Rico no es la única comunidad dentro del Tipnis. En la zona existen 69 núcleos humanos. Existen es un decir, porque de ellos el país y el gobierno poco saben y los indígenas, a su vez, viven en una Bolivia que no conocen. Nueva Esperanza es una de las comarcas más aisladas del Tipnis. El río Isiboro es el único medio que tienen para entrar o salir. Una balsa a remo demora cuatro días para penetrar el bosque y siete para salir. Lo que ocurre es que navegar contra corriente es como cuando un camión transita por una pendiente y con una llanta pinchada.

En Nueva Esperanza viven sólo siete familias y los niños y los adolescentes y los jóvenes empezaron a ir a la escuela recién desde el año pasado, porque hasta entonces la educación era un sueño imposible. Pero sólo pueden estudiar hasta quinto básico. Después, para salir bachiller, deberán viajar a otro pueblo, donde las Hermanas de la Caridad, que pertenecen a una iglesia evangélica, han instalado un internado al que se llega después de dos días de viajar por el serpenteado río.

Pero lo que no existe hasta ahora es una posta sanitaria. Nunca, eso sí, faltan los médicos tradicionales y las matronas que están pendientes de los dolores últimos de las mujeres que llegan a tener hasta 12 hijos. ¿Y si alguien necesita que lo operen?  "Casi nadie se enferma grave", dice Marcelino Montejo, padre de cinco hijos y quien no está interesado en el dinero. "Aquí eso no sirve para nada, porque no hay nada que comprar ni nada que vender". Marcelino vive en Nueva Esperanza, es chimán y conoció a Alfonso Soto en la marcha a La Paz.

NAVEGAR EL SECURE

En el trayecto a Nueva Esperanza, cuando el sol ya empezaba a ocultarse, cuatro mujeres aparecieron de entre la selva y yo las pude ver desde la balsa en la que navegaba por el Sécure. Cuando me vieron, no escondieron sus pechos. Sus bebés se alimentaban y ellas no conocen la vergüenza del blanco. Eso me dijo Justo, el traductor indígena que me acompañaba.

Esa misma noche abrieron las puertas de su tribu y desde la ventana de una casita de madera escuché el sonido limpio de las turbinas de un avión. "Son los halcones de acero", me dijo un hombre morenito y de nariz ancha.

Al día siguiente navegué hacia Puerto Rico. "Yo soy Alfonso Soto y voy a marchar a La Paz". Así saludó cuando me vio descender de la balsa. Después, con más confianza, me contó que ahí las mujeres, si quieren, se casan a los 13 años, y que los niños empiezan a pescar a los ocho, y que la gente no se muere ni de vieja ni de cáncer, sino de una simple diarrea.

Alfonso no conoce La Paz, pero ha estado en Santa Cruz, cuando aún tenía fuerzas para conocer un mundo nuevo. Ahora está en Marimono y en media hora se levantará de la piedra donde está sentado, porque aún queda marcha.

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