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Actualizado el 24/01/2014

Blog de Matías Rivas. Es Crítico literario

Matías Rivas

Matías Rivas

Crítico literario

Abajismo

Está de moda el resentimiento, al punto de que ahora no faltan quienes se empeñan en negar su origen social, tergiversar la propia historia o despotricar contra su clase. Todo, con tal de pasarse al bando de los que practican el rencor. Intuyen que no basta con las afinidades ideológicas para estar cerca de los más perjudicados por el sistema; además hay que camuflarse, parecer otro, entregarse sin remordimientos al abajismo, que es lo opuesto del arribismo. En otras palabras, abajismo es el afán por impostar una situación social inferior. Es cambiar de barrio sin otra necesidad que la de exhibirse como una víctima más de las desigualdades del país. El abajista no sólo solidariza con los menesterosos; en ocasiones los imita a través de una austeridad que llega a la avaricia. Son aquellos que nacieron con la suerte de su lado y que, más por “onda” que por convicciones profundas, ocultan su cuna con una vergüenza de última hora.

El escritor Cristián Huneeus, al definir su situación política y su lugar como intelectual, se refirió a sí mismo como una “bala perdida de la alta burguesía”, denominación que calza con los que gozan de la irreverencia, como si acaso ésta no fuera una feroz marca social, típica de los distinguidos. A esta estirpe perteneció el poeta Vicente Huidobro. Y es a este tipo de linaje, sin duda, al que gustaría pertenecer Nicolás Eyzaguirre. Pero él no es un intelectual ni, menos, fundador de vanguardia poética alguna. Eyzaguirre es un economista que desea exhibirse incómodo antes sus pares. O mejor dicho, es un cuico que goza empatando a sus amigos economistas y políticos. Como no quiere quedar fuera de la moda del abajismo intentó hace poco desacoplarse olímpicamente de lo que para él simboliza su pasado, el colegio Verbo Divino, institución de la que fue alumno e incluso recibió una distinción. Lo hizo de manera burda, sin sopesar sus palabras. Y quedó mal, como un pije enredado en sus contradicciones.

Me eduqué en ese mismo colegio, instalado en la avenida Presidente Errázuriz. Recorrí durante 14 años sus patios fríos y los largos pasillos de baldosas. Fue el período más difícil de mi vida, y tal vez el más triste. La disciplina me ahogaba y la opción política de mi padre contra Pinochet, me transformó en un bicho sindicado como comunista. Por si fuera poco, leía la jornada completa. No obstante mi extravagancia para ese mundo, jamás me atrevería a suponer que mis compañeros fuesen idiotas. Más bien los recuerdo como unos competidores abnegados tanto en lo deportivo como en las notas. El extraño era yo. Y claro que sí había privilegios, pero exclusiva para los que siguieron las profesiones destinadas a ganar dinero, como los economistas y abogados.

Los que optamos por caminos menos trillados acarreamos la sombra del colegio como un karma, un karma que resulta imprescindible expurgar en la madurez. Así lo hizo Enrique Lihn, otro alumno del Verbo Divino que se fue por el lado imprevisible. En un largo texto dedicado a las aulas de este colegio dice: “Me sumé a los que naufragaban en los últimos bancos frente a un futuro opaco que oscilaba entre el inconformismo y la pereza; escépticos a una edad en que otros empezaban a dar muestras de un cinismo promisorio”. Lihn se sitúa respecto a su entorno como alumno. No juzga. Escoge el lugar de los malos estudiantes, con quienes hace causa común. De esta manera marca sus diferencias. Se sienta junto a los indolentes, porque él es uno más.

No comprendo a los que se sienten orgullosos de la clase social a las que pertenecen, ni tampoco a los que la odian. Se supone que la tarea de las personas educadas radica en cuestionar esas categorías, y entenderlas. Lo de Eyzaguirre fue arrebato y, a la vez, un síntoma que denota su conservadurismo. Se delató como un personaje que piensa en los que apostaron por el poder. A los otros, los distintos, no los vio ni los ve. Me consta que por el Verbo Divino pasaron sujetos harto más inadaptados que él, entre ellos el poeta Rodrigo Lira y los artistas plásticos Carlos Altamirano y Juan Domingo Dávila. En ese colegio, la única trama que descubren los que no siguen el régimen tradicional, es la soledad.

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