Electrificados

Para el Estado chileno no es fácil definir una posición. Nuestra pequeña economía se basa en su apertura al comercio global, siendo China el principal socio comercial, y una eventual integración eléctrica regional podría traer interesantes beneficios.



El anuncio de la compra de CGE por parte de la estatal China State Grid electrificó el debate sobre la apertura a la inversión extranjera y las salvaguardas a la soberanía chilena. De concretarse la adquisición por US$ 4,3 mil millones, la posición china consolidará su control sobre gran parte de la distribución y transmisión eléctrica del país, sumándose al control de Chilquinta y la participación en Transelec. Estos sucesos son una anécdota más de una gesta global que ha gatillado disímiles respuestas en el mundo.

State Grid junto a sus empresas hermanas ha expandido sus redes por el globo. Además de operar la transmisión y distribución eléctrica china, se han extendido por Asia operando, por ejemplo, la red filipina y tomando posiciones controladoras en tres de las principales eléctricas australianas.

En Europa, si bien han logrado éxitos relevantes, algunas operaciones les han resultados esquivas. En Portugal son el accionista principal -no controlador- de Redes Energéticas Nacionais y de Energias de Portugal (EDP). En 2019 aventuraron una fallida oferta hostil de € 30 mil millones por el control de EDP. En Italia y Grecia, State Grid es socia de los respectivos Estados en el control de las empresas de transmisión. En Alemania, intentaron hacerse del 20% de 50 Hertz, una de las principales empresas de transmisión de alto voltaje, pero el gobierno de Merkel levantó un “white knight” y bloqueó la compra a último minuto.

En Brasil, las gigantes chinas operan la principal compañía de transmisión y distribución no-estatal, la que complementan con posiciones en Perú, Ecuador, Bolivia y, por supuesto, Chile.

Esto se enmarca en el “Belt and Road Initiative”, una de las piezas clave de la estrategia diplomática del presidente Xi Jinping, cuya ambición es el desarrollo de infraestructura global para asegurar rutas al comercio y desarrollo chino. Uno de sus ejes es la Interconexión Energética Global, cuyo anhelo es enlazar países y continentes con redes de altísimo voltaje desarrolladas con tecnología china.

Razones geopolíticas, ambientales, económicas y financieras justifican la audaz iniciativa. Luego de la crisis del petróleo de los 70, la energía ha jugado un rol central en la geopolítica global al constituirse como parte de la seguridad nacional. Mientras Estados Unidos logró su independencia energética con el gas, petróleo y carbón, la matriz energética china se basa en sus reservas de carbón, en grandes importaciones de petróleo y gas, a lo que recientemente se han sumado las energías renovables. Al acelerar estas últimas podrá disminuir su contaminación y presumir de un liderazgo global contra el cambio climático.

Además, la integración de redes eléctricas implicaría menores costos y mayor seguridad de suministro, impulsando la competitividad de su economía. Y permite una mayor penetración de energías renovables, lo que impulsa su industria, dado el liderazgo chino en paneles solares, granjas eólicas y también autos eléctricos.

En palabras de Lui Zhenya, ex presidente de State Grid: “Una interconexión eléctrica global permitirá una red más limpia y más eficiente, y de paso podría traer más armonía y paz al planeta”. Parte de su visión es una red eléctrica intercontinental capaz de transmitir la energía de los constantes vientos del polo norte y la irradiación solar del ecuador a la industria y consumo global.

Por último, financiar tales proyectos sería un mejor uso para los US$ 1,1 billones de bonos estadounidenses que guarda el tesoro chino, no solo por sus superiores réditos financieros, sino también por sus dividendos diplomáticos: incrementaría el “soft power” al establecer estándares internacionales eléctricos y cimentaría su “sharp power”, pues ninguna nación sobreviviría a una interrupción eléctrica.

Frente a este escenario, múltiples países han levantado restricciones a la inversión extranjera justificadas en la seguridad nacional. En Estado Unidos el CIFUS ha tomado una relevancia inédita. En Francia y Alemania se han establecido aprobaciones adicionales en industrias sensibles. Por su parte, China siempre ha establecido restricciones a la propiedad extranjera en múltiples áreas de su economía.

Para el Estado chileno no es fácil definir una posición. Nuestra pequeña economía se basa en su apertura al comercio global, siendo China el principal socio comercial, y una eventual integración eléctrica regional podría traer interesantes beneficios. Pero nuestras instituciones económicas asumen que las compañías no guardan agendas políticas ni diplomáticas, especialmente en áreas como la seguridad energética, un elemento fundamental de soberanía. Sin duda, una compleja decisión.

* El autor es Ingeniero civil UC y MBA/MPA de la Universidad de Harvard

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