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Actualizado el 17/06/2012
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Volver al futuro

Autor: Jorge Navarrete

Es triste constatar que detrás de esta cultura de opinión única, apoyada por la funa o el matonaje, la herencia de Pinochet sigue presente. 

LOS LECTORES podrían reparar en lo equívoca de la frase con que se titula esta columna. Sin ir más lejos, los acontecimientos de esta última semana, me refiero al homenaje a Augusto Pinochet y el mea culpa del ministro Andrés Chadwick, son hechos que más bien nos transportan al pasado, trayendo a la memoria un difícil y muy doloroso período de nuestra historia. Sin embargo, no es el recuerdo del ayer lo que principalmente me preocupa, sino lo poco que hemos aprendido a la luz de las reacciones que hoy, y ahora, estos eventos han provocado.

 

Soy de aquellos que manifiestan un severo juicio de reproche, moral y político, en contra de la dictadura militar y los civiles que la apoyaron. Nunca me han hecho sentido, para justificar las atrocidades cometidas por el Estado, aquellos argumentos que apelan a las circunstancias o que relevan los logros del régimen. Los verdaderos demócratas son aquellos que superponen la libertad política y la dignidad humana a cualquier otra consideración -sea económica, social o cultural-, sosteniendo que no hay razones para privar a ninguna persona o comunidad de sus derechos más fundamentales.

 

Fue justamente el anhelo de recuperar esa tan anhelada libertad lo que animó el espíritu y acción de todos quienes tan valientemente lucharon contra la dictadura. Lo hicieron convencidos de que ninguna sociedad puede prosperar cuando son otros, sean muchos o pocos, los que dictaminan cómo debemos pensar, actuar o decidir. De esa manera se reconquistó la democracia y el ejercicio de sus derechos básicos para todos, y no sólo para quienes habían resultado vencedores; mucho menos, por cierto, en desmedro de aquellos derrotados o que pensaban diferente.

 

Es por todo lo anterior que no se puede sino protestar por la intolerancia que hemos percibido en estos días, como si la libertad de expresión o reunión no fuera también sagrada para quienes piensan distinto, por más equivocadas u obscenas que nos parezcan sus convicciones. Está en la esencia de cualquier derecho el que su ejercicio no dependa del juicio que otros tengan sobre el propósito que éste ampara y, de esta manera, entender que una acción puede ser válida aunque no necesariamente valiosa. De lo contrario, estaríamos siempre a merced de las mayorías o de quien las representa institucionalmente, me refiero al Estado.

 

Me repugna política y moralmente la figura de Pinochet, pero no había razones para impedir o censurar en forma previa el homenaje al dictador. De hecho, la más bella paradoja de una democracia es que estamos obligados y comprometidos a garantizar la libertad de todos, incluso de quienes no la respetaron en el pasado o no la valoran en el presente. Es justamente esa posición la que nos honra y distingue de todos aquellos cuyo primer instinto es acallar o suprimir la diferencia.

 

Podremos disentir, enjuiciar o protestar, pero es ilegítimo solicitar el amparo del Estado para censurar a quienes piensan diferente. Lo más triste es constatar que detrás de esta cultura de la opinión única, apoyada por la funa violenta o el matonaje, la herencia de Pinochet sigue presente entre nosotros. Esta vez no sólo relevada por sus partidarios, sino también por quienes dicen ser sus más enconados adversarios.

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