Vidas paralelas en Haití

Mariano Fernández y Sebastián Bowen viven en Haití. Uno es jefe de la misión de paz de la ONU y, rodeado de guardaespaldas, mira al país desde arriba. El otro, metido en la calle, visita escuelas e intenta mejorarlas. Esta es la historia de dos chilenos en el país más brutal del continente.




Las aspas de un helicóptero MI-8 ruso hacen levantar tierra del suelo haitiano. Tras aterrizar en un pequeño círculo con la letra "H", un grupo de civiles baja del fuselaje blanco con la sigla "UN" en un costado y se dirige a una flota de vehículos 4x4 acompañada por efectivos del "Batallón Chile", apostados aquí como misión de paz desde 2004. Cape Haitien, norte de Haití. El cielo está celeste y hay nubes que parecen motas de algodón: el firmamento como lo pintan en el paraíso.

Pero Haití parece el primer círculo antes del infierno.

-Listos para la visita a la ciudad -dice Mariano Fernández.

El vuelo desde Puerto Príncipe a Cape Haiten ha durado 50 minutos exactos.

Según los reportes diarios que posee la Minustah -la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití-, el país ha sentido el golpe del huracán Sandy y de la última tormenta que azotó en Cape Haitien, con inundaciones, pérdida de cosechas y 17 muertos debajo del agua. Pero también está presente la delicada situación política: muchos quieren derrocar al Presidente, el ex cantante popular Michel Martelly, elegido en mayo de 2011.

Para Fernández, jefe de la Minustah, afrontar las tragedias y fortalecer el marco institucional del país más pobre de América es la lucha que debe emprender desde que asumió, un mes después de la elección de Martelly.

Hoy, jueves 15 de noviembre, está en Cape Haitien para ver cómo está la ciudad después de la lluvia, para hablar con el arzobispo de la región, poderoso por la fe y por su influencia en las personalidades políticas del país, para inaugurar obras y demostrarles a los haitianos que las Naciones Unidas no los olvida.

-Hoy me dieron duro en El Nouvelliste -advierte, antes de subirse a su auto, junto a dos guardaespaldas.

En el único diario que circula con normalidad por Puerto Príncipe, la capital, una columna lo deja como "discreto, perfil bajo y no arrogante", pero también reprueba "su apoyo incondicional a la formación de un consejo electoral", importante para que se legitimen las próximas elecciones parlamentarias en el país, que aún no tienen fecha. "El está demasiado involucrado en este caso y resultó bastante partidista", le reclaman.

Fernández Amunátegui, egresado de Derecho de la UC, diplomático de carrera, sommelier, político DC y ex ignaciano, no conocía Haití y había rechazado el puesto que Naciones Unidas le había ofrecido desde 2010. Después de ser el último canciller de los gobiernos de la Concertación, con Michelle Bachelet, y de haber estado décadas fuera del país por su trabajo, deseaba vivir en Chile como cualquier otro político de su categoría. Postuló a la presidencia de su partido ese año y perdió ante el senador Ignacio Walker.

En las calles de Cape Haitien transitan centenas de haitianos bajo 35 grados de calor. Cuando pasan los autos de las Naciones Unidas, la policía detiene el tráfico y las caras oscuras de los habitantes de la ciudad se comprimen y lanzan insultos en creole -su idioma propio- a la comitiva, en su mayoría compuesta por blancos. El auto de Fernández no se diferencia de los demás, pero se supone que es blindado para evitar atentados.

Después de una nueva oferta de las Naciones Unidas a comienzos de 2011, lo pensó una vez más. Necesitaban un diplomático que supiera hablar, al menos, francés, español e inglés, que fuera latinoamericano -por la fuerte presencia militar de fuerzas del Cono Sur-, que tuviera experiencia en la alta política y que supiera articular políticamente el proceso haitiano a la democracia. Sería un puesto no menor en la organización: el de subsecretario general, el segundo grado más importante después del de secretario general. Sólo hay 16 subsecretarios generales en toda la ONU. Uno sería él; otra es su ex jefa, la señora Bachelet.

-No le dije a nadie -dice-. Me pidieron que guardara el secreto hasta que lo hicieran oficial. No le conté ni a Juan Gabriel Valdés, mi amigo y ex jefe de la Minustah entre 2004 y 2006.  Así soy de reservado.

Valdés le dio consejos. El cargo al que se enfrentaría Fernández sería diferente al que debió lidiar su amigo: mientras Valdés preparaba el salto a la democracia y luchaba con dejar a Haití seguro, Fernández tendría que consolidar el estado de derecho y defender la democracia con su muñeca de político, formada en el período de la transición chilena. Esas misiones las haría en soledad, desde la cumbre, sin poder bajarse a la calle. Mariano Fernández debería enfrentase al Haití de las cúpulas y de las conversaciones en voz baja.

Cuando los autos blancos llegan a la plaza de la ciudad y hacen ingreso al arzobispado de Cape Haitien, los militares chilenos tienen cerrada la calle y los fusiles levantados al aire. Mariano Fernández entra. Un coro de mujeres canta una canción religiosa, mientras el arzobispo Louis Kebrau lo recibe a él y a su comitiva al pie de las escaleras.

-Monseigneur Kebreau -dice Fernández, y le estrecha la mano.

Luego las fotos protocolares, el chileno se pone a hablar con el sacerdote a solas.

Entre susurros.

Volver a empezar

Los forasteros que van conociendo la historia trágica de Haití llegan al siguiente convencimiento: alguien en este lugar se portó muy mal, hace mucho tiempo, para que cada cinco años un cataclismo natural, humano o político destruya en meses, días o segundos lo que tanto costó construir durante años.

Sebastián Bowen ha escuchado esa conclusión determinista en más de una oportunidad. Pero no le importa, sobre todo si está al mando de su Hyundai Tucson usado, camino a su trabajo, en pleno caos vial de Puerto Príncipe. Su destino es la fundación Foi et Joie, que administra más de una docena de colegios en Haití y le paga un sueldo a Bowen para que se encargue de la infraestructura y organización de la fundación y sus escuelas.

El día será largo: ordenar los detalles en su pequeña oficina de madera con ventilador en el cielo, conversar con el director de la fundación, un jesuita haitiano llamado Gabriel, y visitar dos colegios. Uno en Puerto Príncipe; el otro en las afueras, a medio camino de la frontera con República Dominicana. Su casa queda en el sector de Delmás 63, una calle de tierra, lateral de la vía principal. Es un departamento amplio, por el que paga al mes cerca de 250 mil pesos chilenos.

Sebastián Bowen está aquí, en medio de Haití, porque decidió cambiar su vida.

Después de una experiencia exitosa como director social de un Techo para Chile, fue llamado por Eduardo Frei para ser el coordinador de su campaña presidencial en 2009. Ante los bajos resultados en los segmentos jóvenes, Frei pensó que el entusiasta e inexperto Bowen era el hombre ideal para inyectarle frescura y juventud a una campaña que se veía detenida en el tiempo. El sociólogo, a su vez, comprendió que la política era el arma que podía tener a mano para generar los cambios sociales que él buscaba. Por eso aceptó.

No le fue bien. Su peso real en el comando empezó a desvanecerse, cometió errores de novato y lo desplazaron a funciones de vocería. Fracasó personalmente, como fracasó, también, la campaña de Frei.

-En mi vida he tenido éxitos, pero también fracasos. En la medida en que la elección presidencial no se ganó tiene que ser un fracaso. Mi fracaso. Y es sano tomárselo así: para ver dónde están los problemas, dónde mejorar; si le echas la culpa al empedrado no puedes volver a tener éxito -dice al llegar a su oficina.

Después de la elección recibió propuestas de trabajo y acercamientos de partidos políticos. Se hizo cargo de un programa de desarrollo social en la Universidad Central, creó una consultora en estudios sociales y estudió un posgrado de gobierno.

Pero necesitaba transformarse. Cambiar de manera dramática. Con su mujer, Isidora Cortese, lo pensaron y tomaron la decisión de viajar a Haití. Ella trabajaría en el equipo ejecutivo de la Fundación América Solidaria y él iría a la base: a ayudar a mejorar los colegios de una fundación llamada Fe y alegría en Latinoamérica: Foi et Joie en Haití.

El día está convulsionado en la capital. Un manifestante fue asesinado días atrás. Viajar a los colegios ha costado más de lo presupuestado. En Canaan, un barrio lleno de haitianos "desplazados" por el terremoto, donde aún, después de dos años, viven en carpas de plástico, sin baños ni alcantarillado y con altos niveles de violaciones, el colegio de la fundación de Bowen intenta resolver no sólo el problema de la educación, sino que también de alimento. Las clases están suspendidas, porque las monjas a cargo de la dirección se sienten inseguras y los  padres no permiten las clases sin que se solucione el problema.

Bowen les habla a los apoderados en creole, y los padres asienten y a veces se ríen por los errores gramaticales del chileno. Bowen les pide que los niños vuelvan a clase, que es lo mejor. Pero debe partir: es el día de las manifestaciones y debe ir ya al otro colegio si quiere llegar antes de que se vaya el sol, a las cuatro de la tarde, porque en gran parte del país deja de haber luz en la noche.

La educación sentimental

El puesto de Fernández se va renovando, de común acuerdo, cada seis meses. Ya ha dicho que pretende regresar a comienzos de 2013 a Chile, y las Naciones Unidas ya está buscando un reemplazante.

-Tengo una vida muy extraña aquí -dice Mariano Fernández-. Salgo a la calle en auto blindado. Es la orden de Naciones Unidas para todo jefe de misiones de paz. Si voy al supermercado, cosa que hago porque me gusta cocinar, tengo que avisar un día antes. Y cuando llego, veo que está inundado de seguridad discreta y no tan discreta. El roce mío con la calle es muy distinto.

Efectivamente, en Cape Haitien se ve a Mariano Fernández caminar por una de las calles más representativas de la ciudad y los haitianos lo miran, pero de lejos. La comitiva se mueve a una cárcel, donde conviven 750 presos, de los cuales tres cuartas partes todavía no han sido procesados. Fernández entra a las oficinas administrativas y habla con el alcaide. Al pasar por el enrejado, algunos internos gritan  y uno intenta mostrar su mano.

Todos los hombres de la Minustah, incluyendo a Mariano Fernández, transpiran.

-Estamos trabajando para usted -dice en español. Y va hacia el auto.

Cuando el gobierno de Michelle Bachelet terminó y la Concertación se quedaba sin el poder que había administrado 20 años, Fernández concluía una vida ascendente en la política exterior chilena: desde el 90 fue uno de los embajadores más importantes y políticos del pool diplomático. Estuvo en la Comunidad Europea, Italia, España y el Reino Unido. Fue subsecretario de RR.EE., volvió a ser embajador en los Estados Unidos que recibió a Barack Obama y coronó su carrera siendo canciller. ¿Qué podía esperar de un buen puesto, pero en un lugar complejo, duro, incomprendido como Haití?

Aprender. Proyectarse. Buscarse un nuevo lugar en la política chilena. Aspirar al Senado, como su amigo Juan Gabriel Valdés.

-No había estado en un lugar así. Y me ha ayudado a comprender una realidad distinta, la manera en cómo funciona un país así y ayudar a darles alternativas de solución. Más que una experiencia, esto lo considero un aprendizaje. Y me han preguntado lo de un eventual cupo en el Senado, pero cuando llegue a Chile veré lo que hago.

La comitiva se dirige ahora a un hospital donde hay voluntarios norteamericanos que van a inaugurar un centro deportivo para gente con discapacidad física. El grupo está cansado y debe ver toda la ceremonia de cantantes, bailarines, basquetbolistas en sillas de ruedas.

Los voluntarios norteamericanos se esmeran por demostrar que su trabajo ha valido la pena y quieren lucirse frente a Mariano Fernández. Recién dos horas después, Fernández logra escaparse del calor y meterse a su auto con chofer.

Dignidad

Centre Educatif Simon Bolivar Balan, una escuela que se encuentra fuera de Puerto Príncipe, a 50 kilómetros de la capital. Tiene 346 alumnos y como es un sector rural, los estudiantes caminan dos horas para llegar a clases. Como todos los niños del sistema educativo haitiano, están impecablemente uniformados. Inmaculados. Sebastián Bowen entra a una de las salas y se presenta en creole.

-Yo vengo de Chile, ¿conocen Chile?

-¿China? -responden los niños.

Bowen les dibuja el mapa de Sudamérica.

-Chile es un país que queda al lado de Argentina, Lionel Messi, y cerca de Brasil, Kaká.

Los niños agradecen. La vida de Bowen comenzó a tener sentido en la medida en que venía a estos colegios, le cantaban, lo saludaban y él volvía a su oficina y creaba un modelo para nivelar a todas las escuelas de la fundación para que, alguna vez,  tengan todos un banco donde poner el cuaderno y una silla donde sentarse, un buen profesor, comida.

Sube al techo, donde quieren hacer el segundo piso, y observa a los niños yéndose de clase. Caminan en una especie de fila india.

-Este país vive tan en medio de la tragedia, de la muerte, que la gente está obligada a no ser inocente -dice-. Mira a los niños, están vestidos sin una mancha. Es como que a los niños les permiten seguir siendo inocentes hasta que se vuelven grandes y van a sufrir. Esta escuela en medio de la nada les da la posibilidad de que sigan siendo inocentes, quizás.

Se mira los zapatos.

-Mi peor momento acá fue cuando la Isi, mi mujer, tuvo dengue. Fue difícil, porque estás afuera de tu país, ella lo pasaba mal. Afortunadamente, teníamos contacto con la Minustah y estuvo en el hospital. Fue duro, pero cuando ves a estos cabros así, te das cuenta que has tomado una decisión correcta.

Vida social

Sábado 17 de noviembre. Residencia del jefe de la Minustah en el Petionville, el barrio donde están las embajadas. Rodeado por un pelotón de soldados filipinos, la casa de Mariano Fernández está lista para recibir a un pequeño grupo de chilenos a un almuerzo. Es una mansión con tres pisos, gran comedor y piscina. Un lugar acorde al poder del cargo que tiene el chileno. Están invitados Sebastián Bowen y su señora, quien es amiga de María Angélica Morales, la esposa de Fernández y que acaba de llegar de Chile.

-Brindemos porque el próximo año sea mejor, en todas partes -dice la mujer, que ha visitado periódicamente a su esposo durante el año y medio de gestión.

Mariano Fernández saluda a todo el mundo. Había estado en una reunión de seguridad de la Minustah por la mañana, porque los incidentes se repitieron el viernes y Puerto Príncipe se detuvo a causa de los desórdenes.

De hecho, cuando Bowen volvía a su casa el día de la visita a las escuelas, estuvo en medio de un enfrentamiento donde unos policías dispararon sus fusiles a los estudiantes que marchaban a pocos metros de su camioneta.

-No se ve bien el tema -dice Fernández.

-Así es Haití. Hay un dicho en la calle: Haití  cherie… -explica Bowen.

Haití querido, por lo bueno o por lo malo.

Pasan a comer. Hay en el grupo un par de chilenos que han vivido ya más de cinco años aquí. Unos les preguntan si ya  se han acostumbrado al país, y una mujer responde:

-En Haití siempre piensas en irte y en volver, pero jamás te acostumbras.

Hablan de política, de Chile. Bowen toma una cerveza haitiana, Prestige. Y Fernández, un poco de ron Barbancourt.

Brindan una vez más, hasta que un mensaje alarmante llega al Blackberry del jefe de la Minustah. Al parecer, otro manifestante ha sido muerto. Nuevamente se cree que pudieron ser los policías.

Fernández respira hondo y se pone sus lentes.

Haití cherie.

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