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Actualizado el 12/01/2017
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Las siete vidas de María Alé, una chilena condenada a 50 años de cárcel

Autor: Tamy Palma Silva

Tiene 73 años y ha pasado la mayor parte de su vida presa. Traficó cocaína en Chile, Argentina y Europa y ahora se arrepiente. La vorágine de su “trabajo” le pasó más de una cuenta: una de sus hijas murió de cáncer, un hijo de VIH y otro baleado. Ahora habla poco con sus vecinos y no tiene amigos. Algunos creen que se redimió y le dicen “la abuela símbolo”.

Las siete vidas de María Alé, una chilena condenada a 50 años de cárcel

-¿Qué drogas traficaba?

-Cocaína, no más.

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Santiago

Esta breve historia ocurrió en 1957 y se convirtió en un sinfín. Fue la primera de ocho detenciones de María Alé, de hoy 73 años, y el primer acercamiento de una carrera que tiene como sello casi 50 años de condenas que ha tenido que cumplir Alé en Chile, Argentina y Europa.

Alé, entonces, tenía 13 años. Ese año, recuerda, ocurrió “La batalla de Santiago”, originada las sendas protestas que le costaron la vida a 20 personas durante el mandato de Carlos Ibañez del Campo. Ella, aislada de esos episodios políticos y sociales, vivía en Renca y, por el contrario, tenía otras inquietudes: hace semanas tenía la idea incrustada en su cabeza de asaltar una tienda del centro. Consiguió que en su aventura la acompañaran dos amigos. En cuestión de segundos, irrumpieron en la tienda de vestuario y arrasaron con varias camisas y zapatos. Por primera vez sintieron adrenalina y algo de orgullo por su cometido.

Agitados arriba de la micro, no alcanzaron a avanzar ni una cuadra cuando una patrulla se detuvo justo cuando un semáforo dio rojo. El dueño de la tienda aprovechó el momento para denunciarlos y a Alé junto a sus amigos no les quedó otra opción que bajarse de la micro y entregar lo que habían escondido debajo de los asientos. Se entregaron por la buena y atribuyeron el resultado de aquella primera misión a la “mala suerte”. Ese mismo día fue dejada en libertad, pero la joven le tomó el gusto a delinquir. Mal que mal, “dejamos pelada la tienda. Perdí zapatos carísimos”, rememora.

Alé nunca pisó una escuela. A los siete años fue abandonada por su madre, quien la dejó bajo los cuidados de su abuela alcohólica que la obligaba a atender la casa y hacerse cargo de una tía inválida y sus tres hijas. Su presencia en el lugar era netamente funcional. “Nunca se preocuparon de mí. Yo vivía en la calle jugando a las bolitas, al trompo y volantín. Así me fui mezclando con gente”, recuerda. A los 13 años cayó en cuenta que había pasado su corta vida cuidado a familiares enfermos, arrancándose de su casa, viviendo en un hogar y en la casa de una tía que intentó cuidarla hasta que su abuela se quedó con ella definitivamente. A esa edad también se enamoró.

“Me acuerdo cuando me llegó el período, mi cuerpo cambió y me puse grandota y pechugona. Ahí me empezaron a gustar los muchachos y tenía libertad absoluta porque nadie me enseñaba ni me restringía nada”, recuerda. Además, como su abuela solía llegar en estado de ebriedad, aprovechaba la ocasión para irse de fiestas, beber y probar drogas. “Eran otros tiempos”, se excusa. Vivió con absoluta intensidad: a los 19 años ya tenía cuatro hijos y había enfrentado su primera separación.

-En ese mundillo fui aprendiendo rápido. Empecé a salir a robar y a contar el cuento del tío. Después me volví a enamorar, pero de alguien menor. Era argentino y trabajaba en eso: drogas y robos, aunque en esa época yo solo robaba. Mi novio tenía una banda de muchachos de Los Nogales, Puente Alto. Todos eran renombrados y mayores que yo. Hoy, casi todos están muertos.

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Buenos Aires

María Alé se declara pionera. Del aquel robo en la tienda del centro había pasado tiempo y empezó a pensar en grande. Con su quinta hija de apenas 20 días, Alé partió a Argentina para acompañar a su pareja que fue dateado por amigos que allí había técnicas de asaltos poco exploradas por los trasandinos. Así, se entrenaron en el robo de pertenencias en la vía pública, en “el cuento del tío” que antes solo se nombraba como un llamado inventando secuestros para recibir una recompensa que no era menor a los 500 mil pesos chilenos y, por primera vez, a la venta de cocaína.

En Buenos Aires, se ufana Alé, logró “internacionalizar” su carrera. Ahí, también, nació su sexto y último hijo. Atrás quedaba Renca. María soñaba inmensas cantidades.

-¿Sus hijos sabían que usted robaba?

-Sí.

-¿Y qué le decían?

-Nada.

Según ella, sus hijos no robaban. Al contrario, eran los que tenían que aprovechar de estudiar. “Para eso yo trabajaba. Irme fue bueno. En Argentina aprendí la mecha, aprendí el descuido y todo lo que tenía que ver con robos. El descuido es el que más lucas me dejó. Ahí agarraba las cosas de gente que estaba en otra y me las llevaba. Eso podía ser en supermercados, en tiendas o en el banco. De hecho, casi siempre trabajé en el banco”, dice.

También, se jacta, tuvo records: “Nunca me fui presa robando, porque yo tenía otra pinta: andaba arreglada, amononada, usaba melena con mechitas bien bonitas y llevaba uñas bien pintadas. Pasaba por una bacana despreocupada”.

-¿En qué momento empezó a traficar cocaína?

-Cuando mi pareja se fue a Europa. Por ir a buscarlo a él, a España, me metí de lleno en eso y fui con cinco kilos de cocaína para allá. Yo tenía como 30 años. Me los metía en el cuerpo. Eso se hace con unas plaquetas que son como fajas y se ponen en el torso dentro de ellas va la cocaína. Alguien te tiene que poner eso en el torso y piernas. Yo me fui con un enterito amarillo con el que me veía muy curvilínea. Esa fue la primera vez que fui pillada. Trabajé mucho pasando drogas por el aeropuerto. Al principio daba cosa, pero después agarré la mano.

Europa-Ezeiza, Argentina: “Sorda, ciega y muda”

El esperado viaje a España para reunirse nuevamente con su pareja fue una decepción. Al llegar, descubrió que él tenía una relación paralela con otra mujer. Alé tomó sus cosas y partió a Italia, donde se encontraba una amiga boliviana que tenía asegurado el nicho de venta de cocaína. “Ni me acuerdo cómo, pero terminé llevando un kilo a Austria por el que me pagaron cien mil dólares. Era harta plata”, recuerda. El negocio funcionó. Dejó atrás su historia de amor y comenzó a expandirse en territorio europeo con la venta de droga.

En paralelo tenía su vida en Argentina, país al que viajaba con frecuencia. Con el dinero que ganó en Europa invirtió en viviendas y automóviles para los hijos que se quedaron en Buenos Aires. A ellos les pagó los colegios más caros de la capital. Ella, en cambio, era analfabeta.

Fue precisamente en Buenos Aires cuando cayó presa por primera vez en el penal Ezeiza. “Morí en mi ley”, reconoce. Esa vez, fue a entregar droga al puerto, donde le hicieron una emboscada: el comprador era un policía que al momento de ver la cocaína, armó un operativo para llevarla presa. Le dieron cinco años de condena por tráfico de drogas, de los cuales solo cumplió tres luego de ser liberada por buena conducta. “En la cárcel hay que ser sorda, ciega y muda”.

Estando en Ezeiza Alé sufrió un golpe terrible: su hija se enfermó de cáncer y murió en 1994. Además, su hijo mayor se contagió de VIH. Los dos años de condena tuvieron otros costos: sus hijos se vieron obligados a generar capital, costearse sus enfermedades en Chile, Argentina y también intentar mantener la cómoda vida que llevaban en Buenos Aires.

Una vez libre, siguió recorriendo países europeos para no perder el negocio de compra y venta de cocaína. Antes cumplió condenas pequeñas de las que salía rápidamente por buena conducta. Hasta 1999 Alé figuraba con detenciones en la cárcel de Yeserías de Madrid, y en Civitavecchia, Italia, por portar cien mil dólares tras una venta importante de cocaína. Recuerda que esa vez, para zafar y justificar su dinero, declaró que era prostituta. No le creyeron y le dieron 10 meses de condena.

Al salir, la mandaron de regreso a Chile, donde quedó libre y partió nuevamente a Buenos Aires.

-Me fui metiendo, metiendo, metiendo en asuntos sucios de Europa hasta que llegué a la cúspide de mi negocio cuando llevé droga en barco para Italia.

-¿Cómo lo hizo?

-Conocí unos muchachos del puerto en Argentina. Llegué a trabajar con un cura chileno que había sido enviado para el Vaticano. El daba vuelta a las viejas para que les robáramos las carteras. El cura se llamaba Santiago. El se fue preso por portar droga en Argentina y no se supo nada más de él. No salió en la tele ni en ningún lado, y eso que él viajaba con pasaporte diplomático.

-¿Cómo conoció a ese sacerdote?

-Cuando andaba robando en Italia. Me lo presentó otro amigo ladrón. Yo le ofrecí trabajar conmigo. El me daba vuelta a las viejas que estaban rezando y yo me llevaba las carteras. Después nos íbamos a un bar, sacábamos las cosas que tenía adentro lo que robábamos y yo le daba su parte.

-¿Hablaron sobre los costos que tendría el delito que estaban cometiendo?

-No. Luego, lo involucré para ir a buscar droga a Argentina. Yo lo esperaba allá, mientras él decía en el Vaticano que iba a ver a ver a su familia en Chile, pero en realidad se iba para la Argentina y ahí yo lo cargaba con drogas y se iba en el avión a Europa. Tres viajes alcanzó a hacer hasta que lo detuvieron en Argentina. Nunca nadie se enteró.

La última condena fuera de Chile de Alé fue en Austria, donde pasó dos años tras las rejas. Luego, regresó a Buenos Aires, pero se encontró con la sorpresa de que sus hijos habían vendido las casas y dos autos que dejó para que los arrendaran como servicio de taxi. “Vendieron todo porque querían andar con plata y no trabajaban. Me fui presa y se pudrió el rancho”.

Santiago

-En 2001 volvió definitivamente a Chile y sin posibilidad de salir ¿En qué condiciones llegó?

-Me vine deportada de Austria. Los ratis me entregaron en el aeropuerto. Aquí no podía hacer nada, porque mi vida era en la Argentina. Cuando me vine, dije: no puedo ir pa’ Europa, porque vengo recién deportada por la Comunidad Europea. Tuve que volver a Renca.

María Alé llevaba apenas tres días en Santiago cuando se reencontró con algunos familiares, gestionó la llegada de los tres hijos que hoy le quedan vivos y retomó sus contactos para volver a traficar en Chile. “Era respetada, así es que no me costó nada empezar a vender”, recuerda.

Al cuarto día se fue presa nuevamente. “Fue porque me sapearon”, se justifica. Pero esta vez le dieron 10 años en el Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. Recién a los seis años y medio le dieron salidas dominicales. Más tarde le facilitaron salida los sábados y luego salidas diarias para que pudiera consolidar el restaurante “El sabor de la mamma”, que instaló en el Persa Bío Bío, donde vendía platos que aprendió a cocinar en Italia. En ese país, asegura que también aprendió italiano, aunque no sabía ni leer ni escribir.

Su jornada, sin la adrenalina de su antiguo oficio, era ir por la mañana a comprar a Lo Valledor para luego partir a cocinar. Su hijo cerraba el local mientras ella volvía a la cárcel.

No pasó un mes cuando le ofrecieron cocaína para comercializar. Ella aceptó. La compraba dentro de su local y luego la reducía para venderla en el mismo lugar. A un kilo, dice, le sacaba dos. “Primero me trajeron cinco kilos, después me trajeron siete, 10, 15 y me pillaron a los 20. Fue para el día de la madre, de 2009. Me acuerdo que llegó desde Osorno uno de mis hijos para visitarme a la casa. Ese día me hicieron una emboscada: llegaron los pacos en vez de los 20 kilos. Perdí el restorán, perdí todo. Lo peor es que se llevaron a mi hijo conmigo”, recuerda.

“Me condenaron por asociación ilícita, lavado de dinero, tráfico. Era la media causa. Yo dije, de aquí no salgo nunca más, señor. Además, teníamos las escuchas, todo. Una amiga me puso a los mejores abogados de esa época. En las escuchas yo no estaba y toda la transa fue desde adentro de la cárcel”, dice. “Por las escuchas recibí otra condena después, que es la que estoy cumpliendo todavía. Lo primero que tuve que hacer fue pagar mi otra condena, porque debía 725 días, después empezar con la nueva donde me pedían 20 años. ‘De aquí voy a salir en un cajón’, pensé”.

“Quería puro morirme con tanta desgracia. Se me habían muerto hijos, había estado presa más de la mitad de mi vida, mi hijo que era inocente estaba preso y afuera me habían vendido todo”, recuerda. Ese año se peleó con todos. Con sus cercanos, con los hijos que le quedaban e incluso sus compañeras dentro de la cárcel en la que ella asegura haber sido respetada. Fue el año de la furia.

-¿Se cuestionó en algún momento la vida que había elegido llevar durante más de 50 años?

-Solo en ese momento. Antes no. Por primera vez tenía la mansa cagada en mi vida. El señor me tenía dada vuelta y a puros porrazos para que reaccionara. Un día, de desesperada que estaba, corrí a la capilla donde la madre Nelly León, la capellana de la cárcel de mujeres, con las catecúmenas. Ahí me puse a llorar. Ellas me atendieron, me consolaban y me decían que me calmara. Tanto ir a las catecúmenas allá, empecé a alejarme de la droga. La dejé de lado y no quería más destrucción. Pasaba en la Iglesia.

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En la imagen, María Alé aparece junto a la hermana Nelly León y a Natalia Carbonell, que integran la fundación Mujer Levántate.

Renca

La hermana Nelly, como es conocida dentro de la cárcel, es directora de la fundación Mujer Levántate, organismo que nació al poco tiempo de su arribo al Centro Penitenciario Femenino de San Joaquín. “Lo hice para ayudar a las mujeres privadas de libertad que sabía que quedarían a la deriva al salir”, afirma la religiosa. Según ella, María Alé es el caso de superación más rotundo que ha visto en los años en que ha trabajado con internas, incluso, le puso “la abuela símbolo”.

Pese a la poca confianza que tenía en un inicio sobre la rehabilitación de Alé, la religiosa le brindó el espacio para compartir con otras mujeres privadas de libertad que iban a misa y se quedaban ayudando en las actividades que organizaban en la capilla para los diferentes módulos de la cárcel de mujeres. Alé dejó el taller de costura en el que se había convertido en la mano derecha de la dirección del espacio y le pidió a Nelly trabajar a tiempo completo para la parroquia. Al mismo tiempo, quiso cumplir con uno de los requisitos para cambiarse al módulo que visita diariamente en la cárcel la hermana Nelly llamado Espacio Mandela: estar dentro de los talleres que imparte la parroquia de la mano del equipo de Mujer Levántate para prepararlas para salir en libertad.

-La hermana me preguntó si estaba segura. Yo le dije que sí. Un mes después, la hermana me dio las llaves de todas las puertas y salas que tiene la parroquia. Nunca nadie había confiado tanto en mí. Ahí empecé a estudiar, hice mi educación básica, estudié la media, hice un curso de periodismo y teatro. Por buena conducta, a los seis años y medio de mi última condena, me dieron la dominical.

-¿Siguió consumiendo cocaína después?

—No. Tuve mucha fuerza de voluntad. No quería fracasar. Ahora tengo mi mente lúcida, tengo 73 años y estoy bien; tengo mi casa, mi taller de costura, me recibí de peluquera, hice un curso de microempresaria –dice mientras muestra sus diplomas-, he dado testimonios acompañada de la madre Nelly. Ella me inscribió en el programa Mujer Levántate, donde todos los fines de semana cuido la casa que tienen para que se queden las internas una vez que quedan en libertad.

-¿Ahora la gente confía en usted?

-Es difícil. Pero yo no me junto con nadie tampoco. Mi hijo quedó en libertad al poco tiempo y con él he querido construir una nueva vida.

Hace dos años, María volvió a habitar la casa de su infancia en Renca.

-¿Hay algo que lamente de la vida que llevó?

-La muerte de mis hijos. Se me murieron tres estando presa. Diez meses después de que murió mi hija de cáncer, murió mi hijo de VIH en Chile. Y 10 meses después de eso, murió otro de mis hijos baleado por un arreglo de cuentas fuera de una disco. En todos esos procesos yo estuve presa en Austria. No estuve con ellos, nunca les pude explicar nada.

Última escala: libertad condicional

Hoy, María Alé, que analiza su infancia como “un animalito de la calle, sin cariño ni juguetes”, no habla con sus vecinos y tiene pocos amigos. “No me gusta juntarme con nadie, porque no me gusta andar contando mi vida”, dice. En el fondo, reconoce, tiene miedo a ser marginada. Hace dos meses a su hijo le dieron un subsidio para comprar una vivienda que cuesta 25 millones. También tiene vista una habitación donde podrá poner la máquina de costura que le facilitaron en el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (Fosis) para que trabajara desde su hogar y pretende instalar una peluquería, en el mismo terreno, con los conocimientos que le dejaron los cursos que hizo a través de la misma institución del Ministerio de Desarrollo Social.

Ayer, 11 de enero, María recibió el diploma del último curso que tomó: Administración de Empresas. Estuvo dos años estudiando para poder armar el proyecto que desea instalar en su nueva casa, que será entregada en marzo, ubicada en la comuna de Padre Hurtado. A fin de mes espera otro beneficio: bajar las firmas semanales que realiza en el Local de Reos de Patronato a un intervalo de dos años.

-¿Le han ofrecido volver al negocio de las drogas?

-Sí. La tentación es grande. Ha sido difícil, pero sé que no voy a caer de nuevo.

La última condena de María Alé termina en 2019. Jura, literalmente, por Dios, que nunca volverá al tráfico, al robo ni al consumo.

Como a sus 13 años, Alé sigue soñando en grande.

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