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Actualizado el 17/03/2013
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Evangelización y reforma: desafíos del Papa Francisco

Autor: Diego Contreras


LOS QUE en la tarde del pasado miércoles corrimos a la Plaza de San Pedro, después del anuncio de la fumata blanca, desprovistos de previsiones sobre “papables” y con la actitud de quien desea “dejarse sorprender”, recibimos la buena sorpresa que esperábamos. Naturalmente, no fuimos los únicos. La elección del Papa Francisco muestra la vitalidad de la Iglesia, pero hay que reconocer que ha descolocado todos los pronósticos respecto de hacia dónde irá el pontificado y cuáles serán sus prioridades.

La Iglesia, que es sabia en el uso de los símbolos, quiere que quien es elegido Papa cambie de nombre en el momento de iniciar su ministerio. Siguiendo el ejemplo del pescador Simón (llamado Pedro, roca), el nuevo nombre indica que a partir de ese momento es ya otra persona con otra misión. La elección del nombre Francisco, en honor a San Francisco de Asís, nos ayuda a intuir cuál será el estilo y las prioridades del nuevo sucesor de Pedro: una atención privilegiada hacia los pobres y humildes, una predilección por la sencillez evangélica, por la predicación directa e inmediata y un énfasis en la caridad, que no es mera filantropía, sino algo que cambia, en primer lugar, la vida de quien la practica (y señal de garantía de la identidad católica).

En la misa que concelebró el día siguiente de su elección con los cardenales, en la Capilla Sixtina, el Papa dio la clave de interpretación de lo que será su pontificado. En la homilía (no leída y de poco más de siete minutos de duración) dijo, en síntesis: podemos hacer todo, pero si no confesamos a Jesucristo en la cruz seremos simplemente una ONG piadosa. Es más, citando de memoria al escritor León Bloy, añadió que “cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa a la mundanidad del diablo”.

Entre las tareas concretas que posiblemente deberá afrontar el nuevo Papa, figura la necesidad de reformar la Curia Romana para hacer que su servicio sea verdaderamente eficaz.

El Papa Francisco ha dejado claro desde el primer momento que su misión esencial es presentar a Cristo al hombre de hoy. Ninguna sorpresa, cabría pensar, pues es lo que se espera de un Papa. En realidad, si se leen los numerosos análisis publicados en las últimas semanas sobre las tareas que aguardaban al nuevo Obispo de Roma, pocas veces se ha recordado este dato tan elemental. Todo lo relacionado con la “nueva evangelización” de un mundo en el que Dios está ausente ocupará, por tanto, un lugar preferente en este pontificado.

Desde hace años, la Iglesia está siendo noticia con frecuencia por cuestiones que no tienen nada que ver con su misión o, peor aún, que suponen incluso la negación de su misión. Aunque esos problemas (abusos, escándalos de diverso tipo) impliquen directamente a una minoría, el impacto es grande. Benedicto XVI llegó a afirmar que los principales problemas para la Iglesia no eran las violentas persecuciones exteriores, sino la falta de fidelidad de sus miembros. Existe una percepción ampliamente difundida de la necesidad de una profunda renovación y conversión a todos los niveles.

Me parece que una primera lectura del “mensaje” que supone la elección del Papa Francisco es precisamente resaltar la necesidad de purificación en la Iglesia, empezando por las personas (obispos, sacerdotes y laicos) y siguiendo con las estructuras. Los cardenales, después de las conversaciones que han mantenido en los días previos al cónclave, han considerado que esa es la tarea prioritaria y que el candidato idóneo para lanzar ese mensaje fuerte era el cardenal Bergoglio, quien con sus 76 años cuenta con el necesario “vigor físico y fuerza de ánimo”. Han elegido a un testigo.

Entre las tareas concretas que posiblemente deberá afrontar el nuevo Papa, figura la necesidad de reformar la Curia Romana (es decir, los organismos que ayudan al Papa en el gobierno de la Iglesia universal), para hacer que su servicio sea verdaderamente eficaz. En los últimos años, algunas disfunciones saltaron a la luz pública y el “caso Vatileaks” (la fuga y publicación de documentos, algunos dirigidos directamente al Papa) puso de manifiesto que a veces la Curia Romana ha sido más obstáculo que  ayuda para Benedicto XVI. Es urgente sanar la crisis de confianza que este episodio ha provocado.

También será necesario completar la reforma de algunos organismos relacionados con el Vaticano, concretamente del “Istituto per le Opere di Religione” (IOR, popularmente conocido como la “banca vaticana”). Aunque su potencial económico es muy modesto, desde los años 80 el IOR es fuente de noticias negativas, de sospechas y de leyendas. En el pontificado de Benedicto XVI se han dado pasos de gigante en la línea de la transparencia, pero es preciso concluir la tarea (algunos -con un planteamiento más radical- consideran que lo que habría que hacer, simplemente, es suprimir el IOR).

Será preciso continuar también la “operación limpieza” llevada a cabo por Benedicto XVI a raíz de los casos de abusos. La experiencia ha sido muy dolorosa, pero el Papa Ratzinger ha dejado muy claro el camino (atención a las víctimas; reglas claras; transparencia). Esos y otros problemas han sido como un freno para que la Iglesia pudiera dedicarse con todas sus energías a lo que es su tarea esencial: la evangelización.

Pero existe, además, una cuestión de fondo que va más allá de los aspectos simplemente organizativos: el desafío de cómo articular cada vez mejor la relación del Papa (sucesor de Pedro) con el Colegio episcopal (es decir, con los obispos de todo el mundo, sucesores de los apóstoles). En esa relación está implicado el concepto de colegialidad, que es algo más profundo que la mera “repartición de poder”. Entre otras posibilidades, cabría estudiar cómo conseguir que el sínodo de los obispos (una asamblea periódica de obispos celebrada en Roma) fuera más incisivo.

La renuncia de Benedicto XVI ha puesto en primer plano el papado visto como servicio. Cabe esperar un desarrollo en el modo de ejercer el ministerio petrino en el que se distinga siempre mejor lo esencial de lo accesorio. Está claro que el momento actual, “sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe” (como dijo Benedicto XVI), exige un Papa capaz de tener en mano el timón de la barca. Para eso habría que liberarlo de otras tareas secundarias.

Benedicto XVI comenzó y acabó su pontificado afirmando que la Iglesia está viva. Pienso que esta capacidad para saber renovarse sin perder su identidad es una clara manifestación de la verdad de esas palabras.

 

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