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Actualizado el 20/01/2017
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Diez años sin Jorge Díaz, un espía de lo absurdo tras el telón

Autor: Por Pedro Bahamondes Ch.

Lo llamaban “el discípulo de Ionesco”, pero el escritor y arquitecto, Premio Nacional 1993, y de quien el 12 de marzo se cumple una década desde su muerte, no era sino uno de esos autores inclasificables. Una biografía y el retorno de dos de sus obras, entre otras actividades en GAM, Teatro UC y el Centro Cultural de España, se suman a las actividas en torno al creador de El cepillo de dientes.

Diez años sin Jorge Díaz, un espía de lo absurdo tras el telón

SIN CAFÉ no podía escribir, decía Jorge Díaz. Y eso que era si no lo mejor -”lo único”, exageraba él- que sabía hacer. Ni una sola frasecita o uno de esos pegajosos títulos que venían a su cabeza mucho antes de que las historias de sus obras aparecían sin que saliera de su departamento en calle Padre Mariano hasta dar con el Tavelli del Drugstore de Providencia. “Deberían poner una placa con su nombre allí”, bromea el arquitecto Luis Moreno, uno de los pocos pero grandes amigos que permanecieron junto al dramaturgo hasta el día de su muerte, el 12 de marzo de 2007, cuando el cáncer apagó su voz hace ya diez años.

En ese rincón, donde nunca le faltó un expreso doble, el Premio Nacional 1993 y autor de más de 140 obras montó su improvisada oficina. Hasta allí llegaban, citados por él, obsesivos directores, periodistas imprudentes y hasta un desfile de actores y actrices que rogaban ser parte de sus historias imaginarias. “A todos los recibía. Jorge era muy generoso con su trabajo, y quería que sus obras se hicieran siempre, pero nunca iba más allá: muy pocos, por ejemplo, conocieron su departamento o supieron de su vida. Era muy celoso de su privacidad”, recuerda Moreno, quien lo conoció de ayudante en la U. Católica, donde ambos estudiaron Arquitectura en los 50.

Hijo de españoles inmigrantes, Jorge Díaz nació en Rosario, Argentina, el 20 de febrero de 1930. Sin embargo creció, estudió y hasta popularizó su nombre en Chile antes que en cualquier otro lugar. Aquí también ejerció brevemente como arquitecto, aunque a regañadientes. “Creía que era el trabajo más aburrido del mundo. En sus últimos años hasta renegó de su profesión”, añade su ex alumno, y quien llegó a ser colega suyo en un estudio ubicado en calle Villavicencio.
Entre sacadas de vuelta, allí apareció la primera y más conocida de sus obras, El cepillo de dientes, una de las pocas del teatro chileno que aún se lee en colegios. “El se hizo escritor en la clandestinidad. Mientras no lo veían tecleaba una pequeña máquina de escribir portátil que tenía siempre sobre sus rodillas”, relata su amigo. El texto vio la luz recién en 1961, dirigido por Claudio Di Girolamo y protagonizado por Jaime Celedón y Carla Cristi, y marcó su primera y más recordada colaboración con el grupo Ictus.

Manías de un hombre solo

“Yo soy el dramaturgo, el de El cepillo de dientes -decía Díaz-. Esta definición me debería haber proporcionado subvenciones de las fábricas de cepillos de dientes, pero ni Colgate ni Odontine me han condecorado. Ingratos”. El 4 mayo, una nueva versión de la obra, influenciada según varios por el absurdo de Ionesco, debutará en el Teatro UC a cargo de Alvaro Viguera, con Luis Cerda y Geraldine Neary en escena. “La he releído varias veces y no sé si es tan absurda como dicen. Más me parece una crítica a la clase burguesa y a su principal institución, el matrimonio, pero con un humor despiadado”, opina el director.

Fanático lector de Luis Cernuda y Nicanor Parra, Jorge Díaz escapó de las redes del absurdo como ágil presa: “Trato de rechazar esa idea y más bien la reemplazo por la indignidad, el ridículo o el grotesco”, dijo en una entrevista. “Yo me siento -no sé por qué- francamente ridículo, siempre me he sentido así, y por eso tengo una gran ternura hacia el ridículo de los demás. Desde mi puesto de observación en los cafés, miro amorosamente la ridiculez ajena, porque temprano, por la mañana, he mirado mi propia ridiculez”, agregó.

Una de sus musas, la actriz Carla Cristi, cree que más que el tono de la obra, la clave para entenderla está en su biografía: “Jorge le temía a muchas cosas, y una de ellas era el compromiso. Por eso nunca se casó ni tuvo hijos, a pesar de que también escribió teatro infantil en sus años en España (entre 1965 y 1993, cuando retornó a Chile). Varios le preguntamos si acaso era gay, y él siempre decía que no, que había elegido envejecer solo”.

En paralelo, el 13 de mayo, coincidirá el estreno en GAM de El locutorio (1976), más conocida como Contrapunto para dos voces cansadas, una de sus piezas más breves, dirigida por Cristián Plana. “El texto resalta por su estructura, y en él aborda un tema muy suyo, como es la vejez”, cuenta el director. Dos personajes (Alejandro Sieveking y Millaray Lobos), se encuentran en lo que parece ser un asilo, aunque no sabemos quién visita a quién.

“La madre de Jorge, Matilde Gutiérrez, vivió algo así como 103 años, y desde entonces la vejez pasó a formar parte de sus obras”, dice su amiga, la actriz Gabriela Hernández, quien el año pasado lo trajo de vuelta a escenarios locales con Un jardín secreto, y este año pretende montar Fatiga de material (2006), que gira en torno al desarraigo.

“Fue un tema conflictivo para Jorge el de sus raíces. No sabía muy bien a dónde pertenecía”, dice el crítico y académico Eduardo Guerrero, quien el 13 de marzo, a un día del aniversario de su muerte, lanzará en la sala La Comedia Jorge Díaz: el anarquista insomne. Biografía de un hombre de teatro, editada por la U. Finis Terrae, y que reúne más de 50 entrevistas. “Fue un arduo trabajo de casi 10 años y contó con su voz, que era lo que más me interesaba”, cuenta. El prólogo fue escrito por Juan Andrés Piña, y el gran hallazgo está en varias de las cartas que Díaz le envió a su madre y amigos, además de despejar varias incógnitas sobre su personalidad. “Además del gran escritor que fue, era todo un performer”, añade.

Casi nunca se asomaba en los ensayos de sus obras. Mucho menos para los estrenos. “Solo una vez lo hizo y se había tomado un valium. Le aterraba oír sus palabras en la voz de otros”, recuerda Carlos Genovese, uno de los directores que más trabajó junto a él, además de Alejandro Goic, Rodrigo Pérez y Willy Semler. “Jorge era tan impredecible como sus textos. Si hasta hay versiones encontradas de cuando se fue a España de un día para otro, en 1965: unos dicen que no volvió más al Ictus porque ya había tomado el avión, y otros que se lo contó a Jaime Celedón poco antes de partir, y que eso habría provocado un quiebre entre los dos”, agrega.
El 15 de marzo, en la misma sala La Comedia, Genovese protagonizará un unipersonal basado en las Perversiones orales, la pila de textos breves e inclasificables que Díaz publicó un año antes de morir.

Previo a los conversatorios que habrá en el GAM, Teatro UC y el Centro Cultural España en torno a su obra en mayo, el viernes 17 de marzo varios actores del Ictus -Nissim Sharim, María Elena Duvauchelle, Gaby Hernández, Julio Jung y Roberto Poblete- recitarán algunos cuentos en el teatro que lo vio nacer. “Será raro hacerlo por primera vez sin él”, dice Duvauchelle, “pues aunque él dijera que no iba a aparecer para la función, era nada raro pillárselo disfrazado entre el público. Así era Jorge: un tímido, un espía, un voyeur, como él decía”.

Todos concuerdan en que a pesar del pánico que le provocaba la sobreexposición, Díaz vigilaría a lo lejos, tras el telón quizá, sus propios homenajes. “Para salvar a esta especie de mamífero en vías de extinción hay que llevar al dramaturgo al escenario”, dijo una vez: “Ese es su hábitat natural”.

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